En la política contemporánea, la imagen ha dejado de ser un complemento para convertirse en un elemento central del discurso.
Fotografías cuidadosamente construidas, videos diseñados para redes y escenas pensadas para generar impacto inmediato hacen parte de una estrategia donde lo visual define la narrativa.
Un gesto, un encuadre o un escenario pueden tener más impacto que un discurso completo.
Este cambio no es superficial. Transforma la forma en que se construye la política.
El contenido ya no se diseña únicamente para ser comprendido. Se diseña para ser visto, compartido y recordado.
En ese proceso, la imagen se convierte en una herramienta de poder.
Y como toda herramienta de poder, no es neutra.

