La campaña presidencial en Colombia avanza con una dinámica que ya se ha vuelto costumbre: se discuten nombres, estilos, errores y trayectorias, pero se evita el debate de fondo.
Las preguntas estructurales —cómo se distribuye la riqueza, qué papel debe tener el Estado, cómo se reorganiza el territorio, qué modelo de desarrollo se quiere— aparecen de forma tangencial, pero rara vez se sostienen.
No es casual. Es funcional.
Discutir candidatos simplifica el debate. Discutir el modelo obliga a entrar en zonas incómodas.
El resultado es una campaña intensa en apariencia, pero superficial en estructura.
Y cuando el fondo no se discute, lo que cambia es la forma, no el país.
